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Fiódor Dostoyevski: biografía, obras e ideas sobre culpa y libertad

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Retrato ilustrado en estilo pop art geométrico de Fiódor Dostoyevski, barba espesa y mirada intensa, sobre fondo naranja.

Fiódor Dostoyevski (1821–1881) escribió novelas en las que asesinos, falsificadores y epilépticos discuten sobre Dios con la seriedad de un tribunal — y esa mezcla de crimen, miseria y teología cambió el rumbo de la ficción del siglo XX. La Encyclopædia Britannica lo describe como el novelista que penetró «en los rincones más oscuros del corazón humano», y la lista de escritores formados en su obra va de Nietzsche y Gide a Camus, Sartre y Malraux. Antes de todos esos nombres, sin embargo, hay una vida que explica el método: la de un hijo de médico de hospital de caridad que fue condenado a muerte, indultado a segundos del fusilamiento, enviado a un campo de trabajos forzados en Siberia y arruinado después por el juego y los acreedores — y que convirtió cada uno de esos episodios en literatura.

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Origen: el hospital de los pobres de Moscú

Dostoyevski nació en Moscú el 11 de noviembre de 1821 (30 de octubre del calendario antiguo). Su familia no pertenecía a la nobleza terrateniente, una diferencia que él mismo subrayaba al compararse con Tolstói o Turguenev. Su padre, Mijaíl, era cirujano militar retirado y atendía pacientes caritativos en el Hospital Mariinski de Moscú, además de una clientela privada; su madre, María Necháyeva, venía de una familia de comerciantes. De la piedad casera de los Dostoyevski — ajena al escepticismo elegante de la nobleza, según señala la Britannica — nació el apego religioso que conservaría toda la vida.

En 1828 su padre obtuvo el título de noble y, en 1831, compró una finca rural donde Fiódor pasaba los veranos. La madre murió en 1837; el padre murió de forma repentina en 1839, cuando el hijo estudiaba en la Academia de Ingeniería Militar de San Petersburgo. Décadas después apareció la versión de que el anciano había sido asesinado por sus propios siervos — pero muchos estudiosos consideran hoy que ese relato es una leyenda, no un hecho establecido.

El ingeniero que renunció a su grado

El plan del padre era una carrera de ingeniería militar para sus hijos. Fiódor cumplió la parte formal: se graduó en 1843, obtuvo el grado de subteniente — y al poco tiempo renunció para vivir de la pluma. Fue una decisión arriesgada que lo dejó siempre apretado de dinero. Su lectura temprana iba de Scott, Radcliffe y Schiller a Karamzin y Pushkin; su debut fue una traducción libre del Eugenia Grandet de Balzac, antes de su primera novela propia.

Esa novela, Pobres gentes (1846), se desarrolla en cartas entre un copyista pobre y una joven que acaba casándose con un hombre rico e inútil. Vissarion Bielinski, el crítico más influyente de la época, lo celebró de inmediato; Nekrásov proclamó que «ha aparecido un nuevo Gógol» — episodio que Dostoyevski, en el Diario de un escritor, recordaría como el momento más feliz de su vida. El mismo año llegó El doble, la historia de un funcionario perseguido por un doble que lo humilla y ocupa su lugar — mal recibida entonces, y leída hoy como uno de los primeros estudios literarios de una conciencia escindida. La fama trajo también enemistades: su timidez angustiosa y su vanidad susceptible irritaron al círculo de Bielinski, y Nekrásov y Turguenev difundieron un poema satírico que lo apodaba el «Caballero de la Triste Figura».

La ejecución que no ocurrió

En 1847 Dostoyevski empezó a frecuentar el Círculo Petrashevski, un grupo de intelectuales que discutía el socialismo utópico, y se sumó a una sociedad secreta ligada a la propaganda ilegal — motivado, según la Britannica, sobre todo por su rechazo a la servidumbre, no por simpatía con el comunismo igualitario o el terrorismo. El 23 de abril de 1849 él y los demás miembros fueron detenidos. Ocho meses después, el 22 de diciembre, los presos fueron llevados sin aviso a la plaza Semyónovski, donde se leyó una sentencia de muerte por fusilamiento y se ató a los tres primeros frente al pelotón. En el último instante llegó un mensaje del zar: la pena quedaba conmutada. Toda la ceremonia era parte del castigo; uno de los presos enloqueció en el acto, y otro — Dostoyevski — acabaría escribiendo Crimen y castigo.

Esos minutos bajo la certeza de la muerte atraviesan toda su obra: el príncipe Mýshkin, en El idiota, describe el estado de ánimo del condenado con una autoridad que los lectores sabían testimonial. La condena formal fueron cuatro años de trabajos forzados en Siberia y, después, un servicio militar por tiempo indefinido. Los primeros ataques de epilepsia le sobrevinieron en la cárcel y lo acompañaron el resto de su vida — las descripciones del aura que precede a la crisis, en El idiota, salen de esa experiencia. Siberia produjo además lo que él llamó la «regeneración» de sus convicciones: empezó a desconfiar de los intelectuales que querían imponer ideas políticas a la sociedad, y vio en el pueblo común, ligado a la ortodoxia rusa, una dignidad que los sistemas de los reformadores ignoraban.

De una casa de muertos a una revista quebrada

De regreso en Rusia, se lanzó al periodismo literario. Con su hermano Mijaíl editó dos revistas influyentes, Vremya (1861–1863), cerrada por el gobierno a causa de un artículo objetable, y Época (1864–1865), que quebró con la muerte de Mijaíl. De esa década salió Memorias de una casa muerta (1861–1862), novela forjada en los años de presidio: guardias que gozaban con la crueldad, criminales capaces de todo y, en medio del barro, almas decentes. Tolstói la consideró la obra maestra de Dostoyevski, y la Britannica hace derivar de ese libro la novela carcelaria y la distopía modernas.

Antes de todo eso, en 1857, se había casado con María Isáyeva, viuda tísica; el matrimonio infeliz empezó con ella presenciando una crisis de epilepsia en la luna de miel y terminó con su muerte en 1864 — el mismo año en que murió Mijaíl. De luto y en quiebra, Dostoyevski respondió en 1864 con Memorias del subsuelo, relato en el que un narrador anónimo y amargo ataca la idea de que la psicología humana tenga leyes, de que el hombre sea predecible y de que una sociedad utópica pueda proyectarse sobre esas leyes. Es la réplica directa al racionalismo de los reformadores y, en particular, a la novela de Chernyshevski, ¿Qué hacer? (1863).

Los años sesenta fueron también de deudas y Europa occidental: Dostoyevski viajó por cultura, por un romance con la escritora Apolinaria Súslova y por una adicción ruinosa — el juego. Un editor sin escrúpulos, Stellovski, le ofreció un adelanto a cambio de entregar una novela en pocos meses, apostando a las cláusulas de pérdida de derechos. Con menos de un mes restante, Dostoyevski contrató a una taquígrafa y dictó El jugador (1866), novela inspirada en su propia adicción y en su relación con Súslova. La taquígrafa, Anna Grigórievna Snítkina, se casó con él en 1867, puso orden en sus finanzas y su hogar, y creó condiciones estables de trabajo para la familia — cuatro hijos, de los cuales dos llegaron a la edad adulta.

Crimen, castigo y el hombre bueno

Escrita al mismo tiempo que El jugador, Crimen y castigo (1866) sigue a Raskólnikov, un intelectual pobre que decide resolver todos sus problemas de un golpe asesinando a una vieja usurera. Las teorías que lo empujan al crimen se presentan con seriedad: la moral utilitarista diría que matarla es un bien, porque su dinero podría servir a muchos; la teoría favorita de Raskólnikov divide a la humanidad entre gente común y gente extraordinaria — esta con «el derecho a transgredir», sin el cual no habría progreso. Es precisamente la doctrina que Dostoyevski rechaza en nombre del valor infinito de cada alma. El detective Porfírio juega al gato y al ratón con un sospechoso al que no puede probar nada; Sonia, la prostituta movida por la bondad cristiana, lo lleva a la confesión y a Siberia. Su amigo Razumijin encarna otra salida: ni grandes ideas ni apuestas dramáticas, sino un trabajo lento y honesto. Es Razumijin, en una escena de embriaguez, quien defiende el error propio:

«Es mejor equivocarse por camino propio que acertar por el de otro.»

Crimen y castigo, parte III, capítulo I (en la traducción de Constance Garnett: «To go wrong in one’s own way is better than to go right in someone else’s.»). La frase es de Razumijin, un personaje — no un aforismo del autor, distinción que suele perderse en las recopilaciones de citas.

Los hermanos Karamazov y la última apuesta

Después llegaron El idiota (1868–1869), intento de retratar a un hombre perfectamente bueno de modo psicológicamente convincente — el príncipe Mýshkin, cuya bondad misma acaba arruinando a casi todos los que lo rodean —, Los demonios (1872), novela política inspirada en el caso real del revolucionario Necháyev, donde el manifiesto del siglo totalitario queda condensado en la fórmula de Shigályov («partiendo de la libertad ilimitada, llego al despotismo ilimitado»), El adolescente (1875) y el Diario de un escritor, publicación mensual de la que Dostoyevski era editor, dueño y único redactor.

En 1880, en su apogeo, pronunció el Discurso sobre Pushkin, que publicó de inmediato en un número especial del Diario. Su última novela, Los hermanos Karamazov (1879–1880), concentra sus temas de siempre — el origen del mal, la naturaleza de la libertad, el ansia de fe — en la historia de un padre adicto al escarnio y de cuatro hijos. El poema de Iván, «El gran inquisidor», en el que Cristo regresa durante la Inquisición española y es detenido por haber dado a los hombres la libertad que no quieren, figura a menudo entre las páginas más fuertes jamás escritas contra Dios — incluida por el autor, paradójicamente, para que la defensa de la fe pudiera responder al adversario más fuerte. Y es el anciano Zosima quien cierra el argumento moral de la obra: todos son responsables por todos y por todo.

Una de las frases que más se repiten bajo el nombre de Dostoyevski viene de El idiota, y no la dice el autor ni como máxima terminada: en la parte tercera, capítulo V, Ippolít, un joven tísico cerca de la muerte, interpela al príncipe ante toda la concurrencia: «¿Es verdad, príncipe, que usted declaró una vez que ‘la belleza salvará el mundo’?» — y se burla de la idea. La frase, citada aquí en la traducción de Eva Martin («Is it true, prince, that you once declared that ‘beauty would save the world’?»), es un espíritu moribundo que le exige a Mýshkin la promesa que el novelista puso en el corazón del personaje. Los cuadernos del autor muestran el propósito de fondo: el plan de retratar al «hombre positivamente bello», como documenta el artículo de la Wikipedia rusa sobre la expresión.

Otras frases verificadas

La apertura de Memorias del subsuelo (1864, parte I, capítulo I, en la traducción de Garnett) no necesita presentación y sigue siendo una de las voces en primera persona más descarnadas de la literatura:

«Soy un hombre enfermo… Soy un hombre malvado. Soy un hombre poco atractivo.»

En Los hermanos Karamazov, libro II, capítulo II («El viejo bufón»), es el anciano Zosima quien habla al viejo Fiódor Pávlovich, después de recomendarle cerrar las tabernas:

«Sobre todo, no mientas a ti mismo. Quien miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a tal punto que ya no distingue verdad alguna, ni en sí ni en derredor, y pierde el respeto por sí mismo y por los demás.»

Y en la misma novela, libro III, capítulo III, es Dmitri quien confiesa a Aliosha, entre el vicio y el ícono:

«Lo terrible es que la belleza no es solo cosa temible, sino también misteriosa. Aquí el diablo lucha con Dios, y el campo de batalla es el corazón de los hombres.»

En las recopilaciones de frases, estas líneas suelen aparecer sin obra, sin capítulo y sin decir quién habla — lo que cambia su sentido: la advertencia contra la mentira la pronuncia un santo ante un bufón; el elogio de la fuerza terrible de la belleza, un asesino enamorado; la apertura del Subsuelo es la voz de un narrador, no la opinión del autor. Recuperar la fuente no debilita las frases: quita la deformación.

El final y lo que quedó

El 28 de enero de 1881 (9 de febrero del calendario actual), Dostoyevski murió en San Petersburgo de una hemorragia, a los 59 años, poco después de retomar el Diario — del que alcanzó a publicar un solo número. Los hermanos Karamazov estaba terminado; el ciclo de novelas prometido sobre el «gran pecador» no pasó del proyecto. El legado, medido por quienes vinieron después, es infrecuente: la Britannica hace derivar de su obra al menos dos géneros modernos — la novela carcelaria y la distopía (de Zamiatin a Huxley y Orwell) — y enumera a Nietzsche, Gide, Camus, Sartre, Malraux y Bulgákov entre sus herederos directos. Camus es uno de esos herederos directos: véase la biografía de Albert Camus. Un siglo de guerras y totalitarismos solo agudizó el diagnóstico: quien quiera entender cómo la libertad se convierte en servidumbre voluntaria sigue abriendo sus novelas.

Fuentes: Fyodor Dostoyevsky — Encyclopaedia Britannica · Early works · Political activity and arrest · The Brothers Karamazov y Legacy; Wikipedia rusa — «Красота спасёт мир»; Crime and Punishment (trad. Constance Garnett, Project Gutenberg); Notes from the Underground (trad. Garnett, Project Gutenberg); The Idiot (trad. Eva Martin, Project Gutenberg); The Brothers Karamazov (trad. Garnett, Project Gutenberg); texto original ruso de Los hermanos Karamazov (Wikisource).

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